Tuesday, September 20, 2005

LAS BACANTES EN EL TREN



ESTÁ SIN CORREGIR PORQUE SOY DEMASIADO VAGO COMO PARA RELEERME SI NO ME PAGAN PARA ELLO, PERO EN FIN, ESTE ES EL ARCHIVO QUE BUSCABA AL INICIO DEL BLOG

Sólo porque su padre estará atento si el negro amenaza con matarle, sólo porque los cálidos muslos de su madre llevan encima el bolso de plástico negro, brillante como las hachas de sílex del Museo de Arqueología, lleno de remedios contra ese negro que canta, de remedios contra el catarro, contra el frío, contra el hambre, sólo porque sabe que alguno de los pasajeros ha de ser un policía secreto con una pistola que brilla como los ojos de su padre, como el bolso de su madre, un brillante cañón de pistola donde una bala sueña con salvarle antes de que el negro le mate, sólo porque su padre le agarra la mano y los muslos cálidos de su madre sujetan aquel bolso brillante como el cañón de la pistola de un policía secreto que le protege, sólo por estas cosas puede estar tranquilo. Y aún tiene más razones para aplacar su miedo: en el colegio le dijeron que iría al cielo si era bueno, y que tendría un ángel de la guarda protegiéndolo (además de ese policía secreto que siempre vigila en cualquier sitio), y el ángel bien podría estar en el bolso de su madre, como lo estaba el genio en la lámpara de Aladino, y allí también podría haber una pistola que su madre nunca le mostró, porque ésas son cosas que los padres siempre ocultan a sus hijos pequeños. Por qué ese miedo, si su padre sonríe, y le mira, y es grande y corpulento, uno de los hombres más fuertes del mundo, jamás dejaría que aquel negro le matara si él se le acercase un poco más, sólo lo suficiente para oírle cantar su canción.
¿Por qué le dejan cantar tan alto en el metro? ¿Habrá estado en la carcel? Seguro que sí. Todos le miran por el rabillo del ojo, su padre vigila. Si el negro de repente tratara de matarle o de estrangular a alguien, su padre (que a diferencia del negro, conserva todos los dientes intactos y se los lava tres veces al día) le cogería y le arrojaría fuera del vagón y dentro de ese túnel oscuro, donde ratas y cocodrilos ciegos se han comido alguna vez a los trabajadores del metro, a pasajeros perdidos y a perros vagabundos que buscaron refugio en aquellos túneles tan negros.
¿Pero por qué canta? ¿No puede ver que todos los demás pasajeros están en silencio, que todos en el vagón han formado una poderosa alianza contra el negro cantarín y que no puede hacer nada contra tantos? Sí, los pasajeros le miran por el rabillo del ojo y pretenden ignorarle, y le hacen ver así que él es el malo, que la policía debiera llevarle a la cárcel, porque sin duda, la cárcel se hizo para cantantes de metro como él, desdentados y con un colmillo negro y podrido, gente como él que canta donde todo el mundo está en silencio, y que roba tiendas, como pasó hace un año en la farmacia del señor Domínguez, que roba bancos, como en aquella película que vieron dos veces seguidas en casa de Javi, que llevan gafas de sol en la noche, que no se preocupan por lo que les pueda pasar a los empleados de caja, y que cantan alto, muy alto.
Él sería castigado por cantar tan alto, hasta puede que su madre le diera un suave bofetón, y sin embargo su madre está ahí, callada, como si no pasara nada. Nadie le dice al negro que se calle y él no siente ningún tipo de vergüenza. ¿No ve que todos le miran por el rabillo del ojo? ¿No ve que está haciendo el payaso? ¿Es que su padre no se lo va a decir? ¿Dónde está la policía?
Su madre sujeta el bolso negro bien apretado entre sus cálidos muslos, y todos los remedios están ahí, siguen ahí, el jarabe para la tos, el termómetro y las entradas del zoo, y siempre hay dinero y pintalabios. ¿Y qué pasará si el nergo roba el bolso? Esas cosas pasan. ¡Papá, papá, vigila! Su padre le sonríe, es más fuerte que el negro, si intentara llevarse el bolso, su padre le daría un puñetazo en plena cara y le rompería ese último diente podrido que le asoma, y después vendría la policía y se lo llevarían y su padre saldría en todos los periódicos, todo el mundo sabría que es un héroe. ¿Pero y si el negro tuviera una pistola? ¿Y si tuviera una de aquellas pistolas con silenciador y matara a su padre y nadie oyera el tiro? En cualquier momento, ese negro podría tirar del freno de emergencia, romper la ventana de socorro y saltar hacia el túnel oscuro donde se sabe que ratas y cocodrilos ciegos (aquellos que tira la gente por el retrete cuando aún son pequeños) son capaces de comerse a una persona en menos de diez minutos, con ropa y todos. El negro podría hacerlo, podría. Sí que podría.
Canta muy alto, si sólo su padre y su madre le miraran como saben mirar para hacer callar, pero nada, allí sigue, sin dientes, sin vergüenza. ¿Y qué está diciendo, en qué idioma canta?
Se agarra de la falda de su madre como si fuera un escudo protector e intenta acercarse algo al negro. Primero mira a los ojos de su madre, para comprobar que es seguro acercarse un poco más, sólo lo suficiente para escuchar las palabras de aquella canción que todos se esfuerzan tanto en ignorar. Su madre no parece asustada, con una leve sonrisa le susurra al oído “está borracho.”
¿Por qué habrá dicho eso su madre? ¿Qué pasará ahora si el negro hubiera escuchado a su madre decirle que está borracho? No tendría otra opción que matarle, y quizás el negro ya sabe que él sabe que está borracho, y le echará a él y a su madre a las ratas y los cocodrilos ciegos para que nadie más sepa su secreto, para que nadie sepa que está borracho. Su padre sigue tranquilo y sonriente, sujeto a una barra del metro. Puede matar al negro de un puñetazo antes de que éste tenga tiempo de sacar su pistola. Por eso se acerca un poco más. Su madre y su padre están vigilando y el nergo no parece haberse dado cuenta del avance que ha hecho.
Alvorada, lá no morro, que beleza, ninguém chora, não há tristeza, ninguém sente dissabor… el negro tose y enseña sus tres dientes podridos. A lo mejor le ha visto acercarse. No, canta de nuevo, como si nada. A felicidade e como a pluma, precisa do vento pra volar…
El vagón entero chirría como un platillo volante entrando en la atmosfera de la tierra. Próxima parada, Callao, correspondencia con línea, 3. El negro cantarín no se mueve, todavía no se ha quitado las gafas en todo el trayecto. Está silencioso durante un momento. Quizás sepa que el niño se le ha acercado un poco, a lo mejor está planeando la manera de aparecer bajo su cama esta noche, cuando su madre apague la luz del cuarto y le haya dado un beso antes de dormir. O sol colorindo é tão lindo, é tão lindo e a natureza sorrindo, tingindo, tingindo… Canta de nuevo, y no lo hace en español, porque es un negro de la cárcel (de ésos que no hablan español), un negro que está borracho en el metro y al que todo el mundo no puede sino odiar.

Las puertas del vagón se abren al llegar a la estación de Callao, al vagón entra una mujer rubia muy guapa, más aún que la señorita Pilar, casi tan guapa como una actriz, incluso puede que fuera una actriz a la que no le gusta ir a los sitios en blancas limusinas americanas, sino en metro. Sí, tiene que ser una actriz, una actriz que verá cuando vaya a la casa de Pedro y vean la televisión por la noche, cuando los padres de Pedro duermen. Una actriz con una mochila azul muy grande, como la del tío Lucas cuando vino de una montaña muy alta. La chica pasa cerca del negro, y escucha su canción y no parece tenerle ningún miedo, ni siquiera le tiene asco, es más, se detiene frente al negro y se queda a escucharle. Le sonríe. No le da vergüenza que cante alto, ni hace como su madre, ni como el hombre gordo de la esquina, ni la vieja con la bolsa de la compra, que miran a otro sitio para hacerle creer al negro que no existe y que no le ven y que no puede molestarles. La actriz está parada frente al negro, y le mira con una sonrisa como la de la señorita Pilar cuando observa los dibujos que hace en clase.
La actriz le dice algo al negro, quizás en el mismo lenguaje, porque el negro parece entender lo que le dice, y ha dejado de cantar para escucharla, sus gafas negras la están mirando, y de repente, empieza a comportarse como cualquier otro pasajero del metro, y devuelve una sonrisa rota y desdentada, pero no una sonrisa de malo, sino quizás de hombre bueno que quizás no llevara una pistola. Habló en silencio, en un extraño lenguaje, a aquella chica tan guapa.
El niño dio otro paso adelante, se soltó de la falda de su madre, dejó de vigilar el bolso de su madre, dejó de mirar los nudillos del puño de su padre. Se concentraba en escuchar las palabras secretas, aquella conversación que no discurría en el único idioma que el conocía, en la voz suave de aquella mujer que había hecho al negro ser silencioso y comportarse como cualquier otro en el vagón. ¿Cuáles serán las palabras secretas para hechizar a un asesino negro y borracho? ¿Cuáles son las palabras secretas que le harán comportarse como un hombre bueno, y no como un borracho asesino si alguna noche ese señor se le apareciera debajo de su cama o en el armario?
Se acercó lo suficiente como para oír al negro hablar a la chica con una voz tan grave y baja, tan cavernosa como sólo puede ser la voz de un negro, más oscura aún que cualquier cárcel, que sus gafas, que el interior de su armario en la noche, una voz más fuerte que la mirada de ojos azules de su padre, más peligrosa que todas las brillantes placas con las que de repente se identifican los policías secretos, tan profunda, tan honda, que el niño cree oír un eco dentro de su cabeza, y se aterroriza, y a la vez le fascina. ¿Y si está dentro de él ahora, como un espíritu? ¿Qué si ahora ya no puede dejar de escuchar esa voz, ni aunque se tape los oídos y los ojos?
El negro dejó de hablar para empezar a cantar ¡Y la chica le seguía a dúo! ¡Se sabía la canción! Esa chica de la mochila que quizás fuera actriz, y que es más joven que mamá, y que la señorita Pilar también, canta con el negro y canta alto, lo suficiente para que la oigan otros pasajeros, y la miren con odio y reprobación. Ella tampoco tiene vergüenza, no tiene miedo de cantar en el metro con el negro. Debe de estar borracha también. Cuando llegue a casa preguntará a su madre si las mujeres también se pueden emborrachar. ¿O será la voz del negro y sus palabras secretas las que la han hechizado, y por eso canta? Você também me lembra a alvorada quando chega iluminando meus caminhos tão sem vida… la chica se sabe la canción del negro … sabe las palabras secretas de aquel ladrón de bancos desdentado y escandaloso… Mas o que me resta é tão pouco ou quase nada, do que ir assim, vagando nesta estrada perdida..
El terrible estruendo otra vez. La luz de una estación que se aproxima. Los frenos del vagón, que siempre parecen apunto de fallar, vuelven a funcionar una vez más. Nadie se ha vuelto sordo con en la frenada. El padre devuelve una sonrisa al niño, todo está bien. El negro se pone de pie, con cierta urgencia de la que hasta ahora parecía incapaz, y el niño corre inmediatamente a abrazarse a las piernas de su madre. El negro borracho le da dos besos desdentados a la actriz. Ella no aparta la cara, devuelve los besos como si se conocieran de toda la vida, no se lava la cara con la mano después de los besos. El negro ha besado a la chica y nadie ha dicho nada, el policía secreto que en alguna parte del vagón está escondido no aparece para impedirlo. Quizás no haya policías secretos en el metro. Su padre no ha dicho nada aún, está tranquilo. No pasa nada, nada va a salir mal.
Las puertas del metro se cierran como en una nave de la guerra de las galaxias, y el negro desaparece. Todos deben estar aliviados en el metro. El hombre mágico se ha ido y ya sólo queda la presencia extraña de aquella chica, con una mochila varias veces más grande que el bolso de su madre, y todo lo que en ella se esconde es tan secreto como las palabras que se decían el negro y ella en aquella lengua que quizás nadie más en el mundo supiera hablar.
El niño se dirigió a su padre y le preguntó “¿Papá, en qué hablaba el negro? ¿Qué decían?”
“No sé. En francés puede ser. Pregúntale a la chica.”
Preguntarle a la chica. ¿Y si no habla español? Pudiera ser que ella no quisiera hablar con él, eso no lo había pensado su padre. Incluso podría ser que la chica pensara que el niño no tenía ningún derecho a hablarle, como a menudo pasa con los famosos, que no se dejan abordar por los periodistas del corazón, y no les contestan a ninguna de sus preguntas.
El niño mira a la chica con avidez, como si fuera a desaparecer en cualquier momento y tuviera que retenerla en la imaginación antes de que la visión se esfumase. Leía las etiquetas que colgaban de las asas de su mochila, sabía que eran etiquetas de avión, pues las había visto en la mochila del tío Lucas. Viene de lejos, pensó, quizás de un lugar tan lejano que ni si quiera hablen en español, un lugar donde todo el mundo está borracho y canta en alto sin vergüenza alguna, en los colegios, en las gasolineras, en los trenes y en los restaurantes.
El niño mira con ansiedad a su padre, no se atreve a preguntar nada a la chica. Se acerca a su padre y le tira del brazo, “Papi, quiero saber qué decía el negro.”
El padre aclaró su garganta con un discreto carraspeo, y cambió el tono de su voz habitual, para adquirir ese otro más agudo que sólo empleaba cuando hablaba con Don Mariano por teléfono y le mandaba callar a él y a su madre, y quitaba el televisor, ese tono que también utilizaba con los cajeros del banco, con los camareros o con la señorita Pilar, una voz más joven, más débil, muy educada, como la de los telediarios.
“Perdone, señorita, en qué idioma cantaban ustedes ¿es francés?”
“No, portugués. Portugués de Brasil.” Tenía una voz suave y envolvente como la enfermera de la amigdalitis, como la de su profesora de música cuando les enseñaba las diferentes notas. Podía ser preguntada, se dejaba, sabía todas las respuestas a todas las preguntas, y además era fuerte porque llevaba una mochila enorme que no le pesaba ni la doblaba, y era valiente, porque sabía manejar al negro borracho, y se atrevía a cantar en alto en el metro, y podía ir a cualquier país del mundo, porque sabía palabras de todos los sitios, portugués de Brasil, nada menos, y era bella como una actriz, estaba sola, sin familia, sin amigas, sin un marido, sin hijos.
“¿Qué te dijo el negro?” le preguntó el niño. ¡Se había atrevido! Sí, obtendría una respuesta.
“Me dijo de dónde venía, y los sitios donde había vivido.”
¿Eso era todo, o mentía? Miró a su padre, para ver si pudiera completar las respuestas de la chica, o rehacer sus preguntas con mayor precisión, pero su padre no decía nada, quizás estuviera ocultándole algo, como hacía cuando hablaban del tío Lucas y de su amigo Tete, o con los cajones de su mesilla, o las películas de la noche. O quizás su padre no sabía nada de negros, ni de portugués, ni de borrachos.
“¿Pero no dijo nada interesante, nada especial?” preguntó de nuevo el niño, haciendo acopio de valor.
La chica (¿o era ya una mujer?) agachó la cabeza y sonrió sólo para él, y le miró tan directamente a sus ojos, que tuvo apartar la vista y mirar al suelo ruborizado. Ni si quiera la hermana de Javi le había mirado así.
“Era una canción típica de Brasil, no me acordaba de la letra y él me la recordó, una canción que...” El estruendo de los frenos. El niño se tapó los oídos. Tenía miedo de volverse sordo cada vez que el tren se disponía a parar. La gente empezó a levantarse y agolparse junto a la puerta. Su padre le agarró del brazo y lo trajo hacia sí. Las puertas se abrieron y la chica se fue con la masa de gente, que pronto la engulló. Un bufido del vagón y se cerraron las puertas. Otro estruendo y el tren se puso en marcha de nuevo. No pudo oír la traducción y eso le llenó de angustia, no volvería a ver a la chica ni al negro.
“Papá, por qué cantaba esa chica ¿estaba borracha también?”
“No lo sé.”
“¿Cómo se sabe si alguien está borracho?”
“A veces no se sabe. No hace falta estar borracho para cantar.”



Jacobo Bergareche
Kekova, julio 2004

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