NACIONALISMO Y EXPERIENCIA ESTETICA
Nunca he entendido el nacionalismo, ni el español, ni el vasco, que son los dos que mejor he conocido, ni el de ninguna otra región. Jamás he entendido la necesidad de buscar las claves de la identidad de uno mismo, en una abstracción tan difusa como la idea de nación. No se me pasa por la cabeza buscar mi razón de ser en una definición de valores hecha para la homogeinización de un colectivo, creada para trazar la línea del corral a partir del cual uno ya no es parte de la manada. No siento que deba elegir entre ninguna de las “identidades pret-à-porter” que los nacionalismos ponen a mi alcance. Ni el español, ni el vasco, ni el europeo, ni siquiera esa otra forma de nacionalismo emergente, la del supuesto "ciudadano del mundo". Soy de mi barrio, de mi calle, de la terraza donde me gusta tomar las copas, de la playa donde aprendí a nadar y de las películas y libros que he consumido. Carabanchel, Chamartín, Llodio o Hernani son lugares absolutamente extranjeros para mí, no forman parte de mi vida, ni de mis recuerdos, ni de la historia que me cuento a mí mismo cuando quiero explicarme quién soy en este mundo. No los he vivido y no los asumo como míos, al contrario que un nacionalista, en cuyo pensamiento irracional, todo lo que queda bajo el abrigo de su bandera forma parte de su patria, de su pueblo y de su autodefinición ante los otros, esos otros que les son absolutamente necesarios para entenderse a sí mismos, pues los nacionalistas necesitan saber lo que no son (o más bien, lo que no deben ser) para saber lo que son.
La mirada que el nacionalista proyecta hacia el mundo es siempre empobrecedora. Cuando yo veo un paisaje marino desde el monte Otoio, no pienso qué bello es Euskadi, sino en el esplendor de la naturaleza, en el viaje de las olas por el mundo hasta estrellarse bajo mis pies… Cuando dejo libre a la imaginación ante una dehesa andaluza, y quiero amplificar el placer de la contemplación, añadiéndole un discurso al paisaje para poder sentirme parte de él, jamás invoco al complaciente sentimiento de nacionalidad, que tan fácilmente nos metería a una encina y a mí en el mismo saco de lo "español". Prefiero elegir otra temática para relacionarme con el paisaje, prefiero acudir a otros tópicos para buscar mi patria, a saber, los tópicos de la cultura occidental, desde las pelis de vaqueros hasta Homero. Veo la dehesa y me voy a Poussin, a As You Like it, al reino de Saturno. Me gusta más imaginarme en la Arcadia feliz que en España.
He querido hacer de mi mirada un instrumento libre que sea capaz de incorporar cualquier asociación de ideas, cualquier viaje en el tiempo, cualquier lugar del universo… Qué tristeza ver un paisaje y querer coronarlo con una bandera para hacerlo suyo. Qué destrucción del placer de mirar soñando, qué sabotaje al vuelo de la imaginación cada vez que me paseo por los montes de Lea Artibai y tengo que ver una ikurriña, una pancarta o una pintada para recordarme dónde estoy y qué pueblo se adjudica esa porción de la naturaleza y de la eternidad. Pretenden sustituir la libertad de estos sueños míos, que van y vienen sin objeto alguno, por la imposición de un sueño colectivo, burdo y hecho para la masa.
Soy decididamente antinacionalista, lo digo sin miedo, defiendo la supremacía absoluta del individuo-ciudadano por encima de la masa y de los pueblos, defiendo la libertad absoluta de ser y de inventarse en cada momento, de incorporar cualquier pieza, venga de donde venga, al irresoluble rompecabezas de nuestra identidad, ¿cómo se puede desear lo contrario? ¿Qué miseria personal lleva a esa mendicidad?

3 Comments:
Mal que te pese, hoy no discutiré. Me gusta esto que dices. Al fin y al cabo, ¿quién sabe qué azar le hizo nacer a uno en uno u otro lugar? ¿Por qué habría nadie de sentirse orgulloso de algo de lo que no es en absoluto responsable? ¿Por qué habría que despreciar a quien tuvo más o menos suerte que uno y nació en otra parte? ¿Qué obligación hay de identificarse con las costumbres patrias? A mí personalmente la siesta siempre me ha parecido homenaje a la desidia, pero quizás tampoco yo sea un ejemplo de cómo aprovechar bien el tiempo. Que la duerma quien quiera, pero no diré que es lo mejor que hay.
Creo yo también en el valor del individuo por encima de la nación como concepto, como barrera, como prejuicio, pero no por encima de lo que podríamos llamar "el bien común". Como ejemplo chusco, puedo plantear a ese fumador de puros que atufa, hace toser e incluso enfermar a sus vecinos, apelando a su "libertad individual". Y sin embargo, tampoco soy amigo de frases-fórmula como "la libertad de uno termina donde empieza la de los demás". Aunque sé que escasea, prefiero seguir creyendo en el sentido común
3:48 AM
El bien común, el famosos "commonwealth" de los liberales... como no creer en él, si al fin y al cabo, aunque no crea en la nacionalidad, no escapo a la noción del hombre como ser social.
3:55 AM
Estoy de acuerdo con todo.
Si miramos a nuestro alrededor vemos muchos males. La mayoria de los cuales desaparecerian si, sencillamente, eliminaramos las banderas.
8:59 AM
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