Bueno, pues esta es la segunda versión de este cuento. Al principio del blog lo publiqué en su primera versión, y fue criticado con bastante justicia, era un truñete de cuento, pero quizás tenía algo de gracia. Ahora lo he revisado bastante porque me han encargado un cuento para una revista trimestral que debía tener 2500 palabras y un tema de actualidad con alguna moraleja. Como ya no se me ocurre nada nuevo, pensé que este es el que más se ajustaba a los requisitos. La verdad es que ni siquiera sé si es realmente un cuento, y sospecho además que no tiene ninguna moraleja. Dejaré al editor que decida de qué va este textoSe aseguraba en todo momento de que su padre tenía suficiente ángulo de visión como para controlar cada movimiento del negro. Cuando un pasajero, al pasar, le tapó unos segundos la vista a su padre, Diego retrocedió, y con una mano se agarró al cálido muslo de su madre, sobre el que reposaba un bolso oscuro y brillante como las hachas de sílex que vieron en el Museo Arqueológico. Su madre le abrazó por la cintura, y dejó el otro brazo caer sobre aquel bolso en el estaban ocultos las pastillas contra la tos, el dinero de la merienda, las entradas del cine y tiritas para curar cualquier herida. Había remedios para todo, para cualquier cosa que pudiera surgir.
Diego miraba a los demás pasajeros para ver si notaba algún bulto en sus bolsillos con forma de pistola, uno de ellos tenía que ser un policía secreto, que también estaría vigilando al negro. Su padre le contó que después de lo de las bombas, hay un policía secreto en cada vagón. Se fijó en un señor que se agarraba a una barra y tenía una mano en el bolsillo de su chaqueta. No estaba del todo seguro, pero parecía que aquel señor quizás estuviera empuñando un arma, lista para disparar en cuanto aquel negro que no dejaba de cantar hiciera un movimiento brusco. Y si todo fallaba, podría ser que todavía quedase el ángel de la guarda, que aunque no se podía ver, flotaba invisiblemente junto a Diego.
Se acercó hasta la oreja de su madre, el ruidoso traqueteo del metro requería proximidad –¿Es verdad que si no rezas antes de dormir se va tu ángel de la guarda?–
–No sé, no creo… ¿Quién te ha dicho eso?–
–La señorita Pili.–
–Hasta que no hagas la primera comunión no tienes que rezar.–
–¿Pero tengo ángel de la guarda o no?.–
–Claro que sí.-– Su madre le sonrío con convicción. No parecía tener ninguna duda al respecto. Nada más oír esto, Diego se giró para volver a mirar al negro que cantaba muy alto, casi a gritos. Le faltaban dientes, y los que tenían estaban muy sucios. Eso es lo que debía pasar si uno no se lavaba los dientes dos veces al día.
Al principió le pareció que él era el único que escuchaba al negro. Los demás pasajeros actuaban como si no se hubieran percatado de su presencia, se concentraban más en lo que leían, miraban atentamente a la oscuridad tras las ventanas del vagón. Pero Diego, que no dejaba de observar a todo el mundo, descubrió que pese a las apariencias, todos los pasajeros le seguían al negro disimuladamente por el rabillo del ojo. Todos sabían perfectamente que había un negro dando gritos.
Si Diego empezara a cantar así de alto no pasaría lo mismo: su padre le mandaría callar directamente, hasta puede que su madre le diera un suave azote indoloro, de esos que acompañaba con un gesto fruncido que era lo que verdaderamente le dolía. Pero su madre y su padre, al igual que los demás pasajeros del metro, seguían en silencio, como si no pasara nada, como si el negro no estuviera dando alaridos y agitando sus brazos en una danza desordenada. A Diego no le era posible averiguar si el negro era consciente del efecto que producía en la gente, pues llevaba puestas unas gafas de sol opacas. Quizás por eso no veía que cuantos ahí estaban, se esmeraban en pretender que no existía y que no le escuchaban. Aunque a lo mejor llevaba las gafas para mirar sin que la gente sepa donde está mirando, incluso podría ser que le estuviera espiando a Diego, y ni él, ni sus padres lo sabrían.
En la película que vieron una noche en casa de Javi, los malos iban siempre con gafas de sol, entraban a los sitios con gafas de sol, robaban y disparaban siempre con gafas puestas. Al negro sólo le harían falta dar tres pasos para arrancarle el bolso a su madre, con las entradas de cine, las tiritas y el dinero para pagar la merienda. A la abuela de Ana le robaron un bolso los moros, los de las bombas.
Buscó la mirada de su padre, para cerciorarse de que seguía alerta, y éste le sonrió. Sólo había que ver su tripa, su cuello ancho y carnoso, sus manos carnosas, para darse cuenta de que su padre era más fuerte que aquel negro viejo, con los brazos huesudos y recorridos de venas. Si el negro se abalanzara sobre el bolso, su padre le daría un puñetazo en plena cara y le rompería ese diente podrido que le asoma, y después se entregaría a un policía y se lo llevarían a la cárcel.
Miró la ropa del negro para ver si escondía algo, llevaba una gruesa chaqueta en la que podría ocultar un arsenal, incluso una de esas pistolas con silenciador que vio en la peli, cuando el hombre de las gafas de sol dispara a otro en un bar y nadie lo oye, ni se da cuenta.
El negro cantaba cada vez más alto, y a pesar de ello, ni su padre, ni su madre le miraron un solo instante como sabían mirarle a Diego para hacerle callar, sin decir nada. Diego se agarró de la falda de su madre como si fuera un escudo protector e intentó acercarse algo al negro sin soltarla. Primero miró a los ojos de su madre, para comprobar que su maniobra era segura, sólo iba a acercarse un poco más, lo suficiente para escuchar con más nitidez las palabras de aquella canción que todos se esforzaban tanto en ignorar. Su madre se fijó en la cara perpleja de Diego y con una leve sonrisa le susurra al oído –está borracho.–
Nada más oír la explicación, Diego miró furtivamente al negro y trató de encontrar en su rostro algún indicio de reacción al comentario de su madre. Quizás le había escuchado a su madre decir que estaba borracho. Se acordó de los gritos del abuelo cuando su madre le dijo que estaba borracho –¡Yo no estoy borracho! ¡Y no se te ocurra volver a llamarme borracho en mi propia casa, porque no vuelves!– Diego soltó la mano de su madre para agarrar la pierna de su padre, con la rapidez y precisión de un babuino pasando de liana en liana. El negro seguía cantando, parecía que no le había visto moverse. Diego hizo un gesto para que su padre le acercara el oído, y le susurró bajo, para que el negro no le oyera, –¿Nos va a hacer algo?–
–Nada. Es un pobre loco... Tú haz como si no estuviera.– Su padre le acarició la cabeza y se irguió de nuevo, tranquilo y sonriente. Diego se acerca un poco más al negro.
Alvorada, lá no morro, que beleza, ninguém chora, não há tristeza, ninguém sente dissabor… el negro tosió y enseñó sus dientes podridos. A lo mejor le habría visto acercarse, esas gafas no dejaban entrever ni un brillo de su ojo. Diego se quedó petrificado donde estaba. El negro cantó de nuevo, en el mismo tono, como si nada.
El vagón entero chirrió al frenar en una curva y se llevó las palabras de la canción. Próxima parada, Callao, correspondencia con líneas, 1 y 5. El negro se calló un momento y se limpió las gafas sin quitárselas, llevándose la camiseta a la cara, y mostró así un pecho huesudo, con un borroso y desdibujado tatuaje que le recordaba vagamente a una virgen, pero que no se entretuvo en identificar, pues prefirió aprovechar para mirar si tenía bombas o pistolas bajo la ropa. O sol colorindo é tão lindo, é tão lindo e a natureza sorrindo, tingindo, tingindo… No entendía ninguna palabra. Se volvió a su padre y le estiró del brazo para que se agachase.
–¿Papá, los negros son moros?– susurra.
–No se dice moro, se dice marroquí…– Su padre no terminó de contestar, un frenazo del vagón le hizo erguirse y agarrarse con firmeza a la barra. Las puertas del vagón se abrieron como en las naves de la Guerra de las Galaxias y la madre de Diego alargó el brazo para sujetarle a su lado mientras una marea de gente se agolpaba por salir.
Cuando las puertas se cerraron de nuevo, muchas de las caras del vagón habían cambiado, el negro seguía en su sitio, y a pesar de que había entrado mucha gente, los dos asientos a su lado seguían libres, el espacio a su alrededor estaba vacío. Una joven rubia, se abrió paso entre la gente, llevaba una mochila azul inmensa, como la del tío Lucas cuando vino de una montaña muy alta. Vio el asiento libre junto al negro, se quitó la mochila con un suspiro de alivio y se sentó. El negro no reaccionó a su presencia, siguió cantando bien alto. Ella le observó en silencio, intentaba seguir la canción moviendo los labios en silencio. Sonrió y le dijo algo, y el negro calló, reposó sus brazos y la miró. Parecía entender lo que la chica le decía. Le devolvió una sonrisa rota y desdentada a la rubia y le habló sosegadamente, en un extraño lenguaje que fluía sin sonidos ásperos.
Diego dio otro paso adelante, se soltó de la falda, dejó de vigilar el bolso de su madre, dejó de mirar los nudillos del puño de su padre. Quería escuchar qué decía la rubia que había hecho al negro estar silencioso y comportarse como cualquier otro en el vagón. Diego se acercó aún más, tanto que el negro le podría tocar si alargase su brazo totalmente, sentía su corazón latiendo a toda velocidad. Desde allí pudo oír al negro hablar a la chica con una voz tan grave y baja, tan cavernosa como sólo puede ser la voz de un negro, más oscura aún que cualquier cárcel en la que pudiera haber estado, que sus gafas, que el interior de su armario en la noche, tan profunda, tan honda, que Diego creyó oír un eco dentro de su cabeza, como si la voz se le hubiera metido en su cabeza, y pudiera hablarle desde allí, aunque se tapara los ojos y los oídos.
El negro arrancó a cantar, y la rubia parecía saberse la canción, pues seguía la melodía con un tímido movimiento de sus manos, sus labios repetían silenciosamente las palabras. Poco a poco, movía sus manos con mayor amplitud de movimientos. El negro la miró con una cara de felicidad, subió su voz, y entonces ella también lo hizo, hasta alcanzar un volumen en que podía ser oída por los otros pasajeros. Unos empezaron a mirarla con una ligera cara de reprobación, otros hicieron como que no estaba allí. Você também me lembra a alvorada quando chega iluminando meus caminhos tão sem vida… la chica parecía saber la canción de aquel negro desdentado y escandaloso… Mas o que me resta é tão pouco ou quase nada, do que ir assim, vagando nesta estrada perdida…
El terrible estruendo otra vez. La luz de una estación. Diego se llevó las manos a los oídos cuando empezó a sentir la acción del freno. El negro se puso de pie como un resorte, con una agilidad de la que hasta ahora parecía incapaz y al verlo de pie, Diego se abrazó fuertemente a las piernas de su padre. Se aflojó un poco cuando vio que el negro no iba a hacia él, si no que se giraba hacia la rubia y le plantaba un beso desdentado en la mejilla. Mucha gente lo vio, pero nadie hizo nada, el policía secreto que se disfraza de pasajero y que debiera estar en alguna parte del vagón, ni se movió para pararle los pies al negro. La rubia no apartó la cara al ver que el negro la besaba, sonrió como si se conocieran de toda la vida. No se lavó la cara con la manga después de aquel beso.
Las puertas del metro se cerraron, y el negro desapareció. Una vieja suspiró, otra pareja que había estado en silencio comenzó a cuchichear. El señor barbudo que leía, plegó el periódico y negó con la cabeza, mirando a mi padre. La chica rubia seguía allí, pero ya no cantaba, si no que leía con cara seria un libro muy gordo y sin dibujos que había sacado de esa mochila varias veces más grande que el bolso de su madre, cuyo contenido era inimaginable, tan secreto como las palabras que se decían el negro y ella.
–¿Papi, Papi, qué decía el negro, qué decía?– Preguntó Diego, trabándose por la excitación.
–No sé, hijo. No era español... Pregúntale a esa chica, ella sabrá.–
Diego miró a la chica. No era tan mayor como una madre, pero no era una chica de colegio. Sabía que las etiquetas que colgaban de las asas de su mochila, eran etiquetas de avión, pues las había visto en la mochila del tío Lucas. Intentó captar su mirada, para ver si ella le sonreía o le hacía un gesto que invitara a acercarse, pero ella no quitaba los ojos del libro.
Diego le tiró del brazo a su padre y le hizo agacharse, –Está leyendo. Pregúntale tú. Pregúntale.–
–Tienes que aprender a preguntar, no se pueden tener esas vergüenzas.– Y después de decir esto, el padre aclaró su garganta con un discreto carraspeo, y cambió el tono de su voz habitual, para adquirir ese otro más agudo que sólo empleaba cuando hablaba con Don Mariano por teléfono y le mandaba callar a él y a su madre, y quitaba el televisor, ese tono que también utilizaba con los cajeros del banco, con los camareros o con la señorita Pilar.
–Perdone, mi hijo quiere saber en qué idioma cantaban ustedes.–
–Brasileño. Vamos, en portugués de Brasil.– Tenía una voz suave y envolvente como la enfermera de la amigdalitis. Le miró a Diego con una sonrisa, y él se acercó a ella.
–¿Qué te decía el negro?–
–Pues eh, eres un cotilla…– Se rió. Él bajó la vista. –Le pedí que me recordara la letra de una canción.–
Diego miró a su padre, para ver si pudiera completar las respuestas de la chica, o para ver si rehacía sus preguntas con mayor precisión, pero su padre no dijo nada.
–¿Y qué decía la canción?– preguntó de nuevo a la chica.
La chica agachó la cabeza, sonrió sólo para Diego y le miró tan directamente a sus ojos, que tuvo que apartar la vista y mirar al suelo ruborizado. Ni siquiera la hermana de Javi le había mirado así.
–A ver si me acuerdo… es que la tengo que cantar para acordarme.– El estruendo de los frenos. Su padre le agarró del brazo y lo trajo hacia sí. Diego se tapó los oídos. La gente empezó a levantarse y agolparse junto a la puerta. La chica se giró hacia Diego, mientras se colocaba las asas de su mochila y le cantó Alvorada, lá no morro, que beleza, ninguém chora, não há tristeza, ninguém sente dissabor… Las puertas se abrieron y la chica se fue con la masa de gente, que pronto la engulló. Un bufido del vagón y se cerraron las puertas. Otro estruendo y el tren se puso en marcha de nuevo.
–Papá, ¿esa rubia también estaba borracha?–
–No lo sé.–
–Pero ¿por qué cantaba con el negro?–
–No sé, no hace falta estar borracho para cantar.–